A fin de cuentas, es una cuestión de gustos

Para los hombres que somos cultores del arte casi perdido de pasarla bien, hay pocas conversaciones más gratas -y cuyas discrepancias son siempre agradables-, que las que versan sobre comida, vinos y habanos.

Éstas siempre terminan en intercambios mutuos de recetas, habanos y vinos, para convencer al otro de nuestros propios gustos, y, por supuesto de que la razón nos asiste.

No tengo lo que algunos llaman un paladar exquisito, estoy lejos de eso.

Las comidas y los vinos en particular me gustan o no me gustan, pero debo aclarar, que en cuestión de gustos por vinos casi siempre mis amigos coinciden conmigo en la calidad del que elijo, de lo que deduzco que no soy un negado.

Lo que no logro, en la medida que veo hacerlo a otros, es descubrir el “sabor mineral del terruño”, los aromas a “frutos rojos semi maduros”, y otros. Es mi opinión que quien usa esas descripciones, si no es enólogo, es un charleta.

Además, carezco –debido a tristes experiencias pasadas- de la temeridad de algunos para elegir nuevas etiquetas y o varietales.

No arriesgo acompañar un plato determinado, ya probado, con un vino ignoto. También, cuando lo que me toca tomar es malo o no me gusta, opto por el agua.

En cuanto al maridaje de vinos: no me guío por la regla de que los pescados y aves se deban acompañar con vinos blancos exclusivamente, y las carnes con tintos. Hay infinitas posibilidades, y todo depende del sabor más que del color. Por supuesto –hablando en general-, los vinos blancos y las carnes blancas se llevan mejor, pero repito, hay que tener en cuenta más que nada el sabor, y el propio gusto.

Sí distingo lo bueno de lo malo, lo que me gusta y lo que no. Estoy lejos de ser alguien que en este tema dicte tendencias, porque prefiero que alguien me enseñe sobre vinos hasta el día del juicio final: prefiero que otro experimente y luego me recomiende.

Pero, como a todo en la vida, hay que buscarle el costado positivo a esta falencia: toda ocasión es buena para aprender algo más, todos los días aprendo un poco más; y me alegro infinitamente en saber poco del tema, porque es muy grato aprender de gente que sabe tanto, en un país como el nuestro, donde no es prohibitivo consumir vinos de calidad excepcional. ¡Gracias Gaucho Engroba!

Y si suena raro esta conformidad de mantenerme en esta cómoda ignorancia, convengamos que estamos hablando de vinos y no de física cuántica.

Es tanta la oferta y tan buena, que no podemos más que estar infinitamente agradecidos al Creador. Y no diré nada de los vinos mendocinos, porque no quiero que se enoje algún sanjuanino que aprecio.

Para cerrar el comentario: me parece que hoy es casi imposible cometer un error grueso en la elección de un vino. Además, cuando me animé a comenzar a probar buenos vinos, las etiquetas eran pocas, hoy hay tantas que antes de empezar a probar ya estoy mareado.

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